Jean Franko está detrás de su MacBook, con aspecto concentrado... pero cuando Iván Rueda entra con su expediente, la atención se desvía al instante. Basta una mirada. Iván se arrodilla, saca el enorme calibre latino de Jean y se lo traga con fruición inmediata: garganta profunda, contacto visual, gemidos. La carpeta se desliza hasta el suelo, la pantalla del Mac permanece encendida, testigo mudo de un encuentro mucho más productivo: ritmo intenso, suspiros que delatan el placer. Dos machos que se entienden sin mediar palabra, convirtiendo una presentación en un polvo magistral.