Aquel día en Málaga, nadie sabía lo que iba a pasar.
Kalys caminaba tranquilamente, el sol a su espalda, su mente ligera, y entonces se topó con él.
Un joven español, ojos cálidos, pies seguros, de los que hablan sin abrir la boca.
Intercambiaron dos palabras, nada más.
Pero el aire estaba cargado.
No era un encuentro cualquiera, no.
Algo taurino, crudo, como un cara a cara en la arena.
Su polla desaparecería más tarde en todos los agujeros del término.